¿Cuál es la clave para poder adaptar una novela al cine?

En los últimos años pareciera que el cine no puede hacer sagas exitosas a menos que sean adaptaciones de un libro que ya cosecharon récords de ventas. “Hollywood se ha quedado sin ideas”, dicen los críticos regularmente, y si bien parte de esa premisa es verdad, la realidad demuestra que los estudios prefieren invertir en un producto que ya tiene un número de fieles seguidores, quienes seguramente irán al cine a ver cómo sus personajes favoritos cobran vida (pueden preguntarle a J.K. Rowling, cuyo imperio de Harry Potter ya ha generado algo así como 7 billones de libras esterlinas).

Hace aproximadamente diez años Stephenie Meyer le vendió su relato “Crepúsculo” a un estudio de Hollywood con la esperanza de que la adaptación de su historia de amor adolescente impulse más la venta de sus libros. Una decisión más que acertada: la saga “Crepúsculo” se convirtió en una de las más exitosas del cine en los últimos años influyendo a la industria cinematográfica de una manera avasallante: No sólo los vampiros y hombres lobos pasaron a ser los protagonistas de varios relatos en la pantalla grande y en la chica, sino que la producción de libros se contaminó de historias de amor que parecen imposibles. Un gran ejemplo de ello fue la edición y luego adaptación al cine de “Cincuenta sombras de Grey”, un relato que, dicho por la misma E.L. James, fue inspirado en la historia de Bella y su vampiro Edward.

Lo que pareciera ser elemental en estas adaptaciones es a veces la clave del éxito – o de su fracaso-: La mayoría de los autores venden los derechos de sus libros a los estudios de cine con la condición que ellos formen parte de la producción del film y adaptación del relato. Hay una presión enorme por parte de los fans (y del estudio mismo) de que la película funcione y es por ello que a veces los escritores terminan por tomar decisiones que nada tiene que ver con un éxito cinematográfico. El grado de fidelidad con que las palabras se convierten en imágenes puede funcionar para el agrado de los seguidores de la saga literaria, pero puede ser un elemento que arruine la película por completo.

Ejemplos de esto se encuentran en el cine de los últimos 15 años por doquier, con las adaptaciones de las ya mencionadas “Harry Potter”, “Crepúsculo” y “Cincuenta sombras de Grey” o con otras sagas predominantemente adolescentes como “Los juegos del hambre”, “Divergente”, “Las crónicas de Narnia” o “Tres metros sobre el cielo”.

“Tengo ganas de ti”

Si bien para la mayoría de estas adaptaciones la cantidad de público se fue perdiendo hacia el final de la saga (“Divergente” todavía no ha decidido cómo cerrará su historia, por ejemplo), el caso de “Tres metros sobre el cielo” es destacable: el éxito del film llevó al autor a escribir la segunda parte “Tengo ganas de ti”, en donde los protagonistas vuelven después de algunos años con una actitud más madura sobre el amor, las relaciones, la familia y la vida misma. Tal es el cambio que la cinta no gira en torno a la historia romántica del primer relato, sino que se centra en el descubrimiento de un amor nuevo, más real y duradero. Ambas cintas estuvieron no sólo dentro de los estrenos más exitosos en su país de origen, España, sino que han llegado a todos los rincones del mundo, una hazaña que hasta ahora estaba reservada sólo para Hollywood. El caso de su autor, Federico Moccia, es destacable, ya que no sólo siguió escribiendo novelas románticas que cobran vida en el cine, sino que el autor se puso en la silla del director para la adaptación de “Scusa ma ti chiamo amore” (“Perdona si te llamo amor” fue su versión española dirigida por Joaquín Lamas), siendo así ejemplo de que a veces – sólo a veces- el autor del relato es clave en el momento de que su relato cobra vida en la pantalla grande.